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¿Por qué "saga"?

El interés por tal nombre proviene, al menos, de dos vertientes. Una, la del mero significado, puede hallarse en las fuentes de la etimología. La otra, menos estricta, proviene del uso que se le concedió en un tiempo y lugar determinado.

La etimología nos lleva a la remota raíz indoeuropea sekw --decir, señalar-- que, en cada una de las lenguas germánicas, adquiere su forma particular, aunque conserva siempre su significado: la voz inglesa say, la alemana sagen, la sueca säga.

De otro lado, saga aparece en la literatura medieval --véase La Bruja de Michelet-- asociada a los saberes prácticos de ciertas mujeres que fueron considerados satánicos, pero que, a juicio de Michelet, fueron el origen de la medicina empírica. Esta sería la razón por la que en francés sagesse y sage significan, respectivamente, sabiduría y sabio.

Cabe decir, además, que dentro de la tradición iconográfica de occidente hay una continua asimilación de la filosofía como una mujer que tranquiliza los ánimos del filósofo, conduciéndolo por la senda de la sensatez. Es la intención de decir, de señalar y --aunque pueda sonar pretencioso-- de acercarse a la sabiduría, la que lleva a escribir y publicar estos textos filosóficos.

Agradecemos especialmente al profesor Noel Olaya Perdomo por su asesoría en la justificación etimológica del nombre.

[Tomado de la revista saga N°4, Sept. 2001, p. 5]

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Acerca de la revista saga

Todos los hombres por naturaleza desean hablar. O por lo menos casi todos. Señal de eso es el amor a las reuniones, a contar a otros nuestras historias, nuestros deseos, aquello que hemos visto en el camino. Como sea, existen muchas maneras de hablar: unos dicen todo lo que se les ocurre; otros, en cambio, tienen que repensar varias veces cada cosa que quieren decir antes de decirla. Hay quienes se preocupan por ser comprendidos, y hay también quienes solamente quieren ser oídos, sin que les importe en realidad cómo los demás entienden eso que oyeron.

Los que dedicamos nuestros días a la filosofía, por nuestra naturaleza, deseamos expresarnos de manera tal que nuestros discursos irradien algo de lo verdadero: buscamos deshacer ambigüedades, formar argumentos fuertes y claros que confluyan en conclusiones sólidas y pertinentes, iluminar algún asunto problemático apuntando la luz hacia donde no se había mirado antes, abrir caminos para alguna aporía. Es también un deseo natural nuestro encontrarnos con alguien que no esté de acuerdo, para hablar. Que nos irradie con su propio discurso un nuevo reflejo de lo verdadero, ilumine problemas que no habíamos visto, señale aporías más adelante en el camino y refleje con sus palabras los riesgos de la nueva construcción que pretendíamos haber concluido.

Por eso saga tiene sentido. Queremos hablar y ser precisos en nuestro discurso. Queremos que otros nos escuchen y nos reflejen lo que sus oídos han captado. La escritura, las lecturas cuidadosas, las correcciones de los textos, las versiones corregidas, la edición y diagramación, y las labores de administración que sustentan todos los procesos, cada una de esas cosas es una consecuencia del mismo impulso: el deseo del discurso que irradia verdad. Sabemos que la verdad brilla mejor cuando dialogamos, así que trabajamos juntos para aprender a hablar —y a oír— reflejando lo verdadero. Ése es el sentido de saga.

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También hay quienes, a través del silencio, tratan de comunicar. Hay quienes desconfían de la existencia de un algo tal que ese algo sea "la verdad" (o por lo menos desconfían que ésta pueda ser reflejada bien por las palabras). Empero, incluso en ellos es inapacible esa voluntad de expresar y, entre ellos, muchos hallan regocijo en la actividad filosófica, entendida ésta bien como contemplación, bien como persuasión, bien como un simple jugar con las palabras, o bien como otro de sus diversos e indefinidos modos. Pues aunque sea posible poner en duda la verdad, el deseo de irradiar verdad parece ser algo innegable. Irremediablemente estamos atados a las formas del lenguaje, que nos transporta incluso contra nuestra voluntad fuera de nosotros mismos, como si fuera el deseo de irradiar verdad comunicando suficiente argumento contra el solipsismo.

Suelen ellos, quienes miran el lenguaje con desconfianza, no dejarse llevar por la corriente de metáforas que vienen siendo -–en últimas–- las palabras, sino terminar zambulléndose en ellas y recorrerlas atentamente, desocultando las implicaciones, las causas, las referencias, los significados; tratando de encontrar una buena respuesta o, mejor aún, una buena pregunta; tratando –-en los casos más osados-– de edificar un discurso bien fundamentado y coherente, o atrapando las frases que se cree conducen a la intuición de lo que permanece a través, más allá y en lo profundo de esta incesante corriente.

[Tomado del editorial de la revista saga N° 9, por Juan P. Bermúdez y Sergio A. Henao]

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